ANCIANOS

 

Un don de Dios en la situación actual

Las personas de edad avanzada han sido siempre consideradas con especial aprecio y respeto por parte de todas las culturas. En la familia, en la comunidad eclesial y en la sociedad civil, los ancianos tiene todavía una función importante que cumplir. Son un don y una bendición de Dios (cfr. Job 42,17). El anciano puede ser un testigo de la fe, un maestro de vida y un fermento de caridad. Su realidad se encuadra armónicamente en la totalidad de la existencia, propia y de los demás. El cristiano camina hacia "el estado del hombre perfecto y la medida de la edad de la plenitud en Cristo" (Ef 4,13). Porque "aunque nuestro hombre exterior vaya perdiendo, nuestro hombre interior se renueva de día en día" (2Cor 4,16).

Hoy son cada vez más en número respecto a la población global. Ello es debido, por una parte, a la longevidad y, por otra, al menor número de hijos en las familias. Al mismo tiempo esas personas de "tercera edad" (desde los 60 ó 65 años) aumentan por retirarse legalmente del trabajo (jubilación). En muchas comunidades humanas, donde abunda el bienestar económico, la mayoría de la población es de tercera edad. Esta novedad estadística lleva frecuentemente a consecuencias sociológicas y culturales nuevas: el anciano no produce, se le busca un bienestar material en el aislamiento, la sociedad se ve frecuentemente imposibilitada para proporcionarle los medios necesarios, no cuenta activamente en la sociedad... Se le ha prolongado la vida, pero no se le ha proporcionado el gozo de vivir.

Limitaciones y líneas de superación

La realidad inmediata que podemos constatar es de limitaciones y defectos. Disminuye en general las capacidades físicas y psíquicas, se siente el cansancio por el trabajo, se tiende a conservar con seguridad los modos de actuar sin innovación. Ordinariamente se tiene que dejar el trabajo habitual y también falta el ambiente familiar. No faltan los achaques y las enfermedades. Se acentúa el aislamiento, con tendencia a la depresión y a buscar compensaciones. Se siente que la vida se escapa de las manos, tal vez con cierta angustia sobre el pasado...

Una fuerte vida espiritual, basada en la confianza en Dios, y una ayuda por parte de todos, puede transformar estas limitaciones en otras tantas posibilidades de donación. Habrá que asegurarle la ayuda económica y social, a que tiene pleno derecho, e incluso a veces se le podrán proporcionar medios sencillos para ser útil a los demás. Conviene que no pierda la inserción serena en el ámbito cultural y social, respetando su libertad.

Una vida de donación serena

Su serenidad, como fruto de la meditación evangélica y de la participación en la Eucaristía, equivale a una sanación de toda la vida anterior, especialmente por agradecer todos los dones recibidos y reparar los defectos. La vida pasa, pero la donación es cada vez más sencilla y auténtica, como de quien ya no tiene nada más que dar sino a sí mismo. Esta actitud es fecunda espiritual y apostólicamente. "Que los ancianos sean sobrios, hombres ponderados, prudentes, sanos en la fe, en la caridad, en la paciencia" (Tit 2,2).

Un puesto evangelizador en la familia y en la sociedad

El lugar normal del anciano es la familia y la comunidad eclesial y civil en que se ha desarrollado su existencia. Su experiencia, su consejo y su misma presencia son un valor incalculable. Su actitud de escucha y de acogida ayudan a relativizar los problemas, porque ahora "hace" mucho más que antes, sólo con "ser" para los demás. Vive un presente que le da la capacidad de ver las cosas en una perspectiva global. Su existencia se expresa así: la gratuidad de la donación, testimonio de una tradición o historia de gracia.. En Africa dicen que cuando muere un anciano, se ha quemado una biblioteca. Un anciano puede ser, a su modo, evangelizador de niños, jóvenes, adultos, enfermos... En los momentos de dolor, su "inactividad" sigue siendo fecunda, especialmente si se transforma en oración y caridad.

La persona del anciano necesita, como los demás, la acción evangelizadora de parte de todos. Su historia es siempre de luces y sombras. El anuncio evangélico (con palabras y testimonio) le ayuda a adoptar una actitud permanente de agradecimiento, compunción, perdón, esperanza. La actitud contemplativa, guiada por la Palabra de Dios, se hace silencio de donación en la presencia de "Alguien" profundamente adorado y amado. Pero hay que ayudarle con el respeto, afecto, compañía, servicio... Es el momento culminante de la vida humana. Así se cumplirá la oración sálmica: "En la vejez aún llevarán fruto, se mantienen frescos y lozanos para anunciar lo recto que es el Señor" (Sal 92,15-16).

Referencias: Esperanza, dolor, muerte, silencio, soledad.
Lectura de documentos: GS 27, 48, 66; AA 11.
Bibliografía: I. AGUIRRE, Ocio activo y tercera edad: un proyecto comunitario (San Sebstián 1981); P.R. BIZE, Una vida nueva: la tercera edad (Bilbao, Mensajero, 1976); G. DAVANZO, Anciano, en: Nuevo Diccionario de Espiritualidad (Madrid, Paulinas, 1991) 65-71; D. KATZ, Psicología de las edades (Madrid, Morata, 1968); J. LECLERQ, La alegría de envejecer (Salamanca, Sígueme, 1982); A. De MIGUEL Y MIGUEL, La tercera edad (Madrid, Edit. Católica, 1979.