En general, llamamos "apariciones" a las manifestaciones visibles del mundo sobrenatural en nuestro espacio y tiempo. Casi en todas las religiones existe la convicción de su posibilidad y de su realidad, especialmente cuanto se trata de alguna manifestación de Dios ("teofanía").
En el Antiguo Testamento se repite frecuentemente la afirmación de que nadie puede ver a Dios y seguir viviendo en esta tierra (Ex 33,20). Pero en los libros sagrados se habla continuamente de "teofanías", a modo de revelación por medio de algún signo externo o de alguna experiencia fuerte: acontecimiento salvífico, fuego, nube, montaña, hecho milagroso, mensaje profético, etc.
En el Nuevo Testamento, la misma persona de Jesús es la epifanía personal de Dios a través de su humanidad: "Quien me ve a mí ve al Padre" (Jn 14,9). En él, a través sus "signos" y manifestaciones, se puede "ver" la "gloria" de Dios (Jn 1,14). Pero durante su vida terrena y en relación con su persona, tiene lugar una "teofanía" en su bautismo (Mt 3,16-17) y otra, también con Moisés y Elías, en el monte Tabor (17,1-9). Para descubrir a Cristo en sus manifestaciones, será necesaria la fe (Jn 20,29).
La apariciones de Jesús resucitado tienen unas características y un valor especial para la fe cristiana. El Señor, después de muerto, se manifestó resucitado a sus discípulos, con su mismo cuerpo, invitando a ver, tocar y, sobre todo, creer en lo que les había profetizado (Lc 24,39). San Pablo, hacia los años 35-40, hace un resumen de estas apariciones de Jesús resucitado, incluyendo la concedida al mismo apóstol (1Cor 15,4-8). Es Jesús quien "se deja ver" con signos externos, pero como un don de revelación que reclama la fe. Sin la resurrección real de Jesús, la fe cristiana en Jesús Salvador, verdadero Dios y verdadero hombre, carecería de fundamento (1Cor 15,14). A través de las apariciones (y de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés), los apóstoles y discípulos quedarán capacitados para la misión de anunciar el misterio de Cristo a todos los pueblos (Mt 28-19-20; Mc 16,14-18).
Las apariciones de la Virgen, de los ángeles y de los santos se distinguen de las de Jesús resucitado. No se puede excluir su posibilidad, especialmente porque está en juego la iniciativa divina. El caso de la Virgen es especial, por el hecho de estar glorificada en cuerpo y alma (Asunción). La Iglesia ha reconocido algunas de estas apariciones, o, al menos, ha garantizado la autenticidad del mensaje y autorizado el culto, sin precisar las naturaleza de los fenómenos. Pero siempre se ha advertido que toda comunicación ("revelación" privada) debe estar en armonía con el depósito de la fe y con la revelación propiamente dicha, que ya quedó clausurada en los tiempos apostólicos.
Referencias: Apariciones marianas, discernimiento del Espíritu,
fenómenos extraordinarios, resurrección de Cristo, revelación,
santuarios.
Lectura de documentos: CEC 67, 641-644; 638-658.
Bibliografía: J.M. STAEHLIN, Apariciones. Ensayo crítico
(Madrid, Razón y Fe, 1954); G. TYRREL, Apariciones (Buenos
Aires, Paidós, 1965). Ver bibliografía de referencias.