APOCALIPSIS

 
La venida definitiva de Cristo Esposo

"Apocalipsis" significa "revelación" o manifestación de algo que estaba oculto. Con este título se califica el último libro del Nuevo Testamento, escrito por San Juan, cuando, según dice él mismo, estaba como "testigo" (mártir) exiliado en la isla de Patmos (Apoc 1,9). El libro empieza con estas palabras: "Esta es la revelación (apocalipsis) que Dios confió a Jesucristo" (Apoc 1,1; cfr. 1,9-20). El tema propiamente dicho del Apocalipsis es el señorío de Jesús, el "Esposo", que reclama de su Iglesia, la "esposa", fidelidad y generosidad, en la serenidad de la esperanza.

Mientras se invita a la Iglesia a "escuchar la voz del Espíritu" para examinar su propia vida (Apoc 1-3), se hace una llamada urgente a preparar las "bodas del Cordero", es decir, el encuentro definitivo con Cristo Esposo que ya "viene" y que está "llamando a la puerta" (Apoc 3,20-22). El examen se hace sobre "el primer amor" (Apoc 2,4). El Apocalipsis alaba las virtudes de aquellas siete comunidades eclesiales del Asia Menor, pero no deja de señalar defectos que deben corregirse.

La Iglesia es la esposa, que debe prepararse para las bodas "lavando la túnica en la sangre del Cordero" (Apoc 7,14), para que sea como María, "la Mujer vestida de sol" (Apoc 12,1) y "como la esposa preparada para su Esposo" (Apoc 21,2). Es la Iglesia peregrina o escatológica, que camina hacia las bodas, aprendiendo en la Eucaristía el significado de una vida donada, es decir, la "sangre" del Esposo, que pide a la esposa correr su misma suerte. Los himnos del Apocalipsis van preparando a la esposa para participar en el sacrificio del Esposo y para abrir la puerta cuando llegue.

Resumen del libro del Apocalipsis

Si los tres primeros capítulos son una invitación a la Iglesia para prepararse a las bodas, los dos últimos capítulos describen esas mismas bodas ya en la Jerusalén celeste. El cuerpo del libro está escrito en clave apocalíptica y lenguaje cifrado, es decir con las figuras oscuras que quieren indicar los avatares de la historia en todas sus épocas: guerras, pestes, cataclismos, persecución, muerte... Son las imágenes usadas especialmente por el profeta Daniel y muy en boga en el primer siglo de nuestra era. Juan utiliza esta herencia lingüística y cultural de la época. Pero se propone presentar que la historia ya tiene sentido en Cristo, el centro de la historia: "Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que está a punto de llegar" (Apoc 1,8).

La historia es una lucha entre el amor y el pecado, en la que sólo vence quien sigue a Cristo. Todas las imágenes y visiones (siete sellos, siete trompetas, siete copas...) desaparecen al final del libro, cuando llega la realidad definitiva, a la que tiende la historia presente. La programación de la historia humana tiene esa clave escatológica y nupcial. No hay lugar para el pesimismo ni para los anuncios de desastres inminentes (propios de los falsos movimientos "apocalípticos"), sino que se quiere preparar el triunfo definitivo de Cristo resucitado, Señor de la historia.

La actualidad eclesial, litúrgica y misionera

Las comunidades eclesiales de los primeros tiempos se encontraban amedrentadas por las noticias llegadas de "la gran ciudad" (Roma), donde la persecución había segado las vidas de "los dos testigos" (Pedro y Pablo) con otros cristianos, y desde donde los emperadores lanzaban directrices inaceptables para los creyentes. Sólo Jesús es "el Señor" de la historia. Los "mártires" cristianos son "testigos" de ese señorío, que salvaguarda la dignidad humana. Curiosamente, los poderes civiles de entonces consideraban a los cristianos como "ateos", porque no quería aceptar los "ídolos" impuestos por el Estado.

El riesgo de encerrarse en la propia casa, para esperar pasivamente la venida del Señor, debía superarse saliendo a anunciar el evangelio, porque el Señor viene "pronto", "ya viene". El miedo tenía que dejar paso a la esperanza escatológica, comprometida y misionera: "Ven, Señor Jesús" (Apoc 22,20). Ese era el camino para recuperar "el primer amor". El ensayo de esa recuperación se hacía en las asambleas litúrgicas.

La "paciencia" cristiana (Apoc 1,9) es eminentemente misionera, por inspirarse en la Palabra de Dios, basarse en la celebración eucarística y realizarse en la caridad fraterna. La vida se va haciendo "sí"; es el "amén" final del Apocalipsis (Apoc 20,21), que se ensaya diariamente en la celebración eucarística y en la vivencia y el anuncio de la fe, esperanza y caridad.

Referencias: Adviento, escatología, esperanza, fidelidad al Espíritu Santo, historia, Iglesia esposa, Juan evangelista, martirio, milenarismo, revelación.
Lectura de documentos: LG 48-51.
Bibliografía: D. BARSOTTI, El Apocalipsis. Una respuesta al tiempo (Salamanca, Sígueme, 1967); L. CERFAUX, J. CAMBIER, El Apocalipsis de San Juan leído a los cristianos (Madrid, FAX, 1972); J. COMBLIN, Cristo en el Apocalipsis (Barcelona, Herder, 1969); J. ESQUERDA BIFET, Bienvenido, Señor (Salamanca, Sígueme, 1983); F. FERNANDEZ RAMOS, El Apocalipsis, libro de esperanza: Studium Legioniense 36 (1995) 87-125; M. GARCIA CORDERO, El libro de los siete sellos (Salamanca 1962); D. MOLLAT, Une lecture pour aujourd'hui: l'Apocalypse (Paris, Cerf, 1980); J.P. PRÉVOST, Para leer el Apocalipsis (Estella, Verbo Divino, 1993); U. VANNI, Una asamblea litúrgica interpreta la historia (Estella, Verbo Divino, 1994); Idem, Apocalipsis (Libro del), en: Nuevo Diccionario de Teología Bíblica (Madrid, Paulinas, 1990) 122-133; E. VIVAS, El Apocalipsis de San Juan (Barcelona, Balmes, 1980); A. WIKENHAUSER, El Apocalipsis (Barcelona, Herder, 1968).