APÓSTOL

 
"Enviados"

La palabra "apóstol", en su raíz griega ("apostolos") significa "enviado". En el Nuevo Testamento el significado es más concreto: "mensajero" para anunciar la Buena Nueva. En principio se aplicaba al grupo de los doce "apóstoles" (Mc 3,14), pero luego tiene sentido más amplio. Jesús "envió" a sus "Apóstoles" primeramente dentro de Palestina (Mt 10,5ss) y, después de su resurrección, a todos los pueblos (Mt 28,19-20). El apóstol propiamente dicho o del grupo de los doce, tenía que haber convivido con el Señor y haber sido testigo de su resurrección (cfr. Hech 1,21-22).

El grupo de los doce "Apóstoles" se consideró siempre como instituido por Cristo para ser el fundamento de la Iglesia (Mt 16,18). Por esto los fieles están "edificados sobre el cimiento de los Apóstoles y profetas, y el mismo Jesús es la piedra angular" (Ef 2,20). Quien escuche a estos enviados, escucha al mismo Cristo (cfr. Mt 10,40). Por esto la Iglesia tiene la nota de "apostólica" como característica esencial.

Pablo se aplica el título con frecuencia hasta el punto de llegar a ser su credencial, especialmente al inicio de sus cartas: "Pablo, llamado por voluntad de Dios a ser apóstol de Cristo Jesús" (1Cor 1,1). Pablo había visto a Cristo resucitado y había sido "enviado" por él (Gal 1,11-24). Otros discípulos también fueron "enviados" por el Señor (Lc 10,1ss) o por las comunidades eclesiales primitivas (2Cor 8,22-23; Hech 13,2-3). El título, pues, de "apóstol" fue adquiriendo cada vez más el sentido amplio de "enviado", sin descartar la realidad apostólica de los doce.

Prolongar la misión de Cristo

El "ministerio apostólico" de los Doce es el ministerio culminante en cuanto al grado de participación en la unción y misión de Cristo, no necesariamente en cuanto al grado de santidad. Toda otra participación encuentra en ese ministerio apostólico el principio de unidad y el punto de referencia para una recta actuación apostólica en la comunión eclesial.

Jesús comunicó a los apóstoles su misma misión (Jn 20,21) y por esto recibieron el Espíritu Santo (Jn 20,22-23). Los apóstoles participan de la misma misión y del mismo "poder" ("exusia") de Jesús, que es siempre de "servicio" ("diaconía") (Mt 20,28; Mc 10,45) y de "humillación" ("kenosis") (Fil 2,5; Jn 13,5-16). Se obra y se habla bajo la acción del "Espíritu del Padre" (Mt 10,20), como Cristo se dejó guiar por él (Lc 4,1.14.18; 10,21). Se trata de hacer como hacía él, que "pasaba", "enseñando", "curando", "apiadándose" (Mt 9,35-36; Mc 6,34). Los apóstoles irán ahora aparentemente solos, pero "delante de él... adonde él había de ir" (Lc 10,1), acompañados por él (cfr. Mt 28,20).

El sello del Espíritu Santo

El Espíritu Santo, prometido por Jesús, "reviste" y "bautiza" a los apóstoles (Lc 24, 49; Hech 1,5-8), para que sean la expresión o "gloria" del Señor (Jn 17,10.22-23). Participan, pues, de la misma unción y misión de Jesús (Jn 17,18; 20,21). Así podrán ser "testigos" de Jesús resucitado (Jn 15,27; Hech 1,8.22). Será el Espíritu Santo quien obrará y hablará por medio de ellos (Mt 10,20). El "sello" o la "prenda del Espíritu", que recibe todo cristiano (Ef 1,14; 4,30), es para configurarse con Cristo y para ser su testigo. La unción del Espíritu Santo constituye el ser del apóstol; la acción misionera que tiene que realizar consiste en prolongar la palabra de Cristo, su presencia y su acción salvífica; la espiritualidad consistirá en la vivencia de lo que es y hace.

La comunidad eclesial primitiva, al recibir el Espíritu Santo, se sintió toda ella llamada a "anunciar la palabra de Dios con audacia" (Hech 4,31). La presencia prometida por Jesús (Mt 28,19) se hizo sentir como "cooperación" eficaz para "confirmar la palabra" predicada (Mc 16,20). La fuerza de la misión aparece cuando la "palabra" va acompañada de "signos", es decir, de "testimonio" y de servicios de caridad (Hech 2,42-47). La comunidad pudo constatar que "Dios concedió también a los gentiles la conversión que lleva a la vida" (Hech 11,18).

La vocación de todo cristiano a ser santo y apóstol

La vocación a la santidad y a la misión es una exigencia que deriva de la recepción del Espíritu Santo (por los sacramentos del bautismo, confirmación, orden, así como por vocaciones y gracias particulares). Por esto todo bautizado queda comprometido en la misma misión de Cristo. El cristiano tiene vocación de santo y de apóstol, con la diferenciación del carisma recibido o vocación específica. Toda la Iglesia es portadora de la presencia activa de Jesús y, por tanto, de la predicación de su mensaje, de la celebración de los signos salvíficos y de la actualización de su cercanía y compasión respecto a cada ser humano. Los diversos ministerios eclesiales expresan esta presencia eficaz de Cristo.

La evangelización es la razón de ser de la Iglesia, como comunidad que "existe para evangelizar" (EN 14). El apóstol encuentra su identidad en la disponibilidad misionera, puesto que la misión es la razón de ser de la propia vida. La misión sólo se entiende a partir del amor que Dios ha manifestado al mundo dándole a su Hijo Jesucristo (Jn 3,16ss). El apóstol se siente amado del Padre por el hecho de ser prolongación de Cristo. El Padre ama a los enviados de Cristo porque son su expresión: "He sido glorificado en ellos" (Jn 17,10); "les has enviado como tú me enviaste a mí" (Jn 17,18); "les has amado como a mí" (Jn 17,23).

Al mismo tiempo, la misión es declaración de amor por parte de Cristo: "Como mi Padre me amó, así os he amado yo" (Jn 15,9); "como mi Padre me envió, así os envío yo" (Jn 20,21). El mandato o encargo ("id") equivale, pues, a ser fieles a su amor (Jn 15,9). La identidad del apóstol se encuentra en el hecho de ser amado por Cristo, poderle amar y hacerle amar. Entonces la misión, como el amor, no tiene fronteras.

Referencias: Acción evangelizadora, apostolado, apostolicidad de la Iglesia, evangelización, mandato misionero, misión, misionero, modelos apostólicos, Pablo.

Lectura de documentos: AG 23-27; EN 5, 59-63, 74; RMi 23, 32, 65-66, 79, 91; CEC 2, 857-860.

Bibliografía: L.M. DEWAILLY, Envoyés du Père, mission et apostolicité (Paris 1970); F.X. DURWELL, The mystery of Christ and the apostolate (London, Sheed and Ward, 1971); C. FLORISTAN, La evangelización, tarea del cristiano (Madrid, Cristiandad, 1978); A. PARDILLA, La figura bíblica del apóstol: Claretianum 21-22 (1982) 313-473; K.H. SCHELKLE, Discípulos y apóstoles (Barcelona, Herder, 1965).